¿Qué futuro para la construcción de la paz?

¿Qué futuro para la construcción de la paz?

A veinticinco años de la Agenda Women, Peace and Security (WPS) y a diez años de la Agenda Youth, Peace and Security (YPS): balance y perspectivas.

En los últimos años, la paz ha vuelto a ocupar un lugar central en el debate internacional. Los conflictos armados se multiplican, las crisis geopolíticas se entrelazan con las climáticas, económicas y sociales, mientras crece la conciencia de que la seguridad ya no puede interpretarse exclusivamente desde una perspectiva militar. Hablar hoy de paz significa reflexionar sobre la calidad de las relaciones, la participación democrática y la capacidad de las instituciones para acompañar sociedades cada vez más complejas e interconectadas.

En este contexto se sitúan dos de los principales marcos normativos de las Naciones Unidas: la Agenda Women, Peace and Security (WPS), inaugurada en el año 2000 con la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad, y la Agenda Youth, Peace and Security (YPS), puesta en marcha en 2015 mediante la Resolución 2250.

Ambas marcaron un cambio de paradigma. Por primera vez, las mujeres y las personas jóvenes dejaron de ser consideradas únicamente como sujetos que debían ser protegidos en contextos de conflicto y comenzaron a ser reconocidas como protagonistas de la prevención, la mediación, la reconstrucción y la cohesión social. Una visión que dialoga con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y que reconoce la paz como un proceso participativo, basado en la corresponsabilidad y en la valorización de las competencias.

Veinticinco años después de la Resolución 1325 y diez años después de la Resolución 2250, resulta legítimo preguntarse cuál es el balance de estas dos agendas.

Los resultados no son desdeñables. Han aumentado los Planes de Acción Nacional destinados a la implementación de la Agenda WPS, se han desarrollado programas de formación, redes internacionales, itinerarios universitarios e iniciativas dirigidas a jóvenes comprometidos con la cooperación, la diplomacia, la mediación y la construcción de la paz. Paralelamente, el debate internacional ha reconocido de manera creciente que una paz duradera requiere procesos de toma de decisiones más inclusivos.

También el ámbito de la educación refleja un cambio significativo. Hoy las mujeres representan aproximadamente la mitad de las personas graduadas y doctoradas en Europa. Sin embargo, esta presencia tiende a disminuir progresivamente en los niveles más altos de la investigación, las instituciones y los procesos de toma de decisiones. Una dinámica que invita a reflexionar sobre la relación entre formación, participación y liderazgo.

La misma pregunta atraviesa las políticas de paz.

Los datos de las Naciones Unidas muestran que la presencia de las mujeres en las negociaciones de paz sigue siendo limitada y que la participación de las personas jóvenes en los procesos de toma de decisiones continúa siendo, con frecuencia, discontinua. WPS e YPS han ampliado sin duda los espacios de participación, pero sigue abierta una cuestión fundamental: ¿cómo transformar esa participación en una presencia estable en los espacios donde se construyen las políticas públicas?

La pregunta, quizá, no se refiere únicamente a cuántas personas se sientan alrededor de una mesa.

Se refiere a la manera en que una sociedad valora el patrimonio de competencias que ella misma contribuye a formar.

Cada año, universidades, centros de investigación, organizaciones de la sociedad civil e instituciones invierten en la formación de nuevas generaciones de investigadoras, mediadoras, juristas, especialistas en relaciones internacionales, profesionales de la cooperación y expertas comprometidas con la prevención de conflictos. Un patrimonio de conocimientos que representa un recurso valioso no solo para las organizaciones internacionales, sino también para la calidad misma de nuestras democracias.

Las sociedades europeas están cambiando. Cambian las biografías, las competencias, las formas de ciudadanía y los sentidos de pertenencia. Las instituciones están llamadas a acompañar estas transformaciones con visión de futuro, para que la pluralidad se convierta en un recurso compartido y no en un elemento de distancia.

Desde esta perspectiva, las agendas Women, Peace and Security y Youth, Peace and Security representan mucho más que un conjunto de resoluciones de las Naciones Unidas. Ofrecen un método. Nos recuerdan que la paz no se construye únicamente cuando un conflicto ya ha estallado, sino mucho antes: invirtiendo en la participación, la prevención, la confianza y la capacidad de crear relaciones entre personas, comunidades e instituciones.

Esta reflexión nace de una observación sencilla. Construir la paz significa también acompañar la transformación de nuestras sociedades con responsabilidad y visión. Significa crear espacios donde competencias, experiencias y sensibilidades diferentes puedan dialogar y contribuir al bien común. No porque la diversidad sea un valor en sí misma, sino porque la complejidad del presente requiere miradas, experiencias y competencias capaces de comprender realidades cada vez más complejas.

A veinticinco años del inicio de la Agenda Women, Peace and Security y a diez años de la Agenda Youth, Peace and Security, el desafío parece ir más allá de ampliar la participación. Se trata de construir continuidad entre generaciones, competencias y responsabilidades, para que el patrimonio humano y profesional desarrollado durante estos años pueda contribuir plenamente a la construcción de la paz.

Pero ¿quién construirá realmente la paz del mañana?

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