La extraña historia de quien se fue y cambió de nombre
La jerarquía de la movilidad: expats, migrantes y el distinto significado de atravesar una frontera
¿Eres migrante?
No, soy expat.
Ah. ¿Y qué diferencia hay?
Bueno, yo vine aquí por elección.
¿Y la otra persona?
¿Qué otra persona?
La que también vino por elección.
Quizá podamos empezar por aquí. Por una palabra. O mejor, por dos.
Porque a veces basta con cambiar el nombre de algo para cambiar también la forma en que lo miramos.
Irse es irse, podríamos decir. Se prepara una maleta, se atraviesa una frontera, se llega a otro país. Algunas personas se van con un contrato de trabajo, otras con una beca de estudios, otras porque no encuentran un trabajo que les permita vivir, otras porque quieren probar otra vida. Algunas se van sabiendo ya dónde dormirán. Otras ni siquiera saben dónde dormirán mañana.
Pero luego llega el nombre.
Y no todas las personas reciben el mismo.
La palabra con el pasaporte elegante
Expat.
Una palabra breve, internacional, aparentemente neutra.
La usamos para describir a personas que viven fuera de su país, a menudo por trabajo, por estudios o por elección personal. Pero el término no es solamente una descripción geográfica. La investigación sobre las migraciones privilegiadas muestra desde hace tiempo que expatriate es también una categoría social, vinculada al estatus, la clase, la nacionalidad, la racialización y la posición profesional.
Margherita Di Salvo, al estudiar precisamente el uso de la palabra expat en las comunidades italianas en el extranjero, ha mostrado cómo las distintas definiciones — emigrado, expatriado, migrante, cerebro fugado — no son simplemente sinónimos, sino que pueden adquirir significados diferentes dependiendo de quién habla, de quién es descrito y del contexto social.
Y aquí es donde la cuestión se vuelve interesante.
Porque expat no significa necesariamente rico.
Y migrante no significa necesariamente pobre.
La cuestión es más sutil.
Es la forma en que algunas personas son percibidas cuando atraviesan una frontera.
Un profesional occidental que se traslada durante algunos años a Singapur, Dubái, Londres o Lisboa puede ser definido como expat. Una persona procedente de un país del Sur global, con un título universitario, una profesión cualificada y un contrato de trabajo, puede, en cambio, seguir siendo percibida simplemente como migrante.
La investigación de Sophie Cranston ha mostrado precisamente esta paradoja: expatriate se utiliza a menudo para distinguir a algunos migrantes de otros, hasta construir implícitamente la idea de un migrante “bueno”, deseable, temporal y, sobre todo, occidental.
Por tanto, no es la maleta la que marca la diferencia.
Ni tampoco, por sí sola, la profesión.
Es la posición que esa persona ocupa dentro de una jerarquía mucho más amplia.
El nombre que eliges. El nombre que te dan.
Hay una pregunta que quizá valga la pena hacerse:
¿Por qué “expat” se percibe como una posibilidad identitaria para algunas personas, mientras que “migrante” se convierte casi en una condición atribuida a otras?
Es aquí donde la palabra deja de ser inocente.
Porque una persona puede decir: “Soy expat”.
Pero mucho más raramente decide que otra persona la llame “migrante”.
La diferencia es pequeña solo en apariencia.
El uso selectivo de la palabra puede producir una distinción discriminatoria entre personas que, aun viviendo experiencias diferentes, comparten una misma condición básica: vivir fuera de su propio país.
Naturalmente, las experiencias no son iguales.
No lo son las razones de la partida, los ingresos, el pasaporte, el color de la piel, el nivel de estudios, el conocimiento del idioma, la posibilidad de regresar, el derecho de residencia.
Pero precisamente por eso debemos mirar la movilidad como un sistema.
No todas las personas se mueven de la misma manera.
Y, sobre todo, no todas son valoradas de la misma manera cuando se mueven.
Italia también tiene sus expats
El tema ha vuelto recientemente al centro del debate italiano con el informe del CNEL Giovani Expat. Come farli tornare.
El informe recoge más de 2.500 respuestas de jóvenes italianos de entre 18 y 34 años que han abandonado el país; en la primera versión analizada, el 93% de las personas encuestadas tiene al menos un título universitario. El CNEL habla de salarios, mérito, oportunidades profesionales y pérdida de capital humano.
Es un fenómeno real e importante.
Y no hay nada extraño en que se hable de él.
Al contrario.
Sin embargo, resulta interesante observar las palabras que se utilizan.
Son jóvenes expats.
Son capital humano.
Son talentos que hay que hacer regresar.
Son competencias que el país ha perdido y debería recuperar.
El lenguaje no es casual.
Cuando un joven italiano se va, su partida puede contarse como una pérdida de capital humano. Cuando se intenta que regrese, se habla de atracción de talento, incentivos, oportunidades y competitividad.
En algún momento, mientras tanto, la persona se ha convertido en un recurso económico.
No es necesariamente algo equivocado; pero es revelador.
También ha habido políticas públicas pensadas para hacer regresar a quienes se habían marchado, mediante incentivos y beneficios destinados a transformar la experiencia adquirida en el extranjero en nuevas actividades y nuevo crecimiento.
Se habían ido como personas.
Regresaban como capital humano.
La transformación es pequeña, casi invisible.
Pero dice mucho sobre la forma en que gobernamos la movilidad.
Por qué algunas personas son buscadas
Mientras tanto, ha crecido un verdadero mercado de la movilidad internacional.
Ya no se trata solamente de irse.
Hay agencias que ayudan a trasladarse, servicios de relocation, asesorías fiscales, plataformas de reclutamiento internacional, portales que comparan salarios y coste de vida, guías para profesionales que quieren elegir el mejor país donde trabajar.
Existe toda una economía construida alrededor de la posibilidad de moverse.
Para algunas personas, la pregunta es:
¿Dónde me conviene vivir?
Para otras:
¿Hasta dónde se me permitirá llegar?
Son preguntas muy diferentes.
Y, sin embargo, ambas hablan de lo mismo: movilidad.
La Unión Europea lo muestra con especial claridad.
Por un lado, existe el derecho a la libre circulación de los ciudadanos de la Unión. Por otro, para quienes llegan de terceros países, el acceso al territorio y al mercado laboral está regulado por un conjunto diferente de procedimientos, requisitos y vías.
No todos los pasaportes proporcionan la misma libertad de movimiento.
La frontera, por tanto, no es solamente una línea geográfica; es también una diferencia de posibilidades.
El pasaporte no es solamente un documento
Imaginemos a dos personas idénticas.
La misma edad. La misma maleta. La misma ropa. La misma titulación. El mismo contrato de trabajo.
Llegan al mismo aeropuerto.
La única diferencia es el pasaporte.
La persona no cambia.
Cambia lo que el Estado puede exigirle.
Cambia el visado.
Cambia el procedimiento.
Cambia el derecho de residencia.
Cambia, a veces, incluso la forma en que se la mira.
Por eso, hablar de “libertad de movimiento” sin hablar de pasaportes corre el riesgo de contar solamente la mitad de la historia.
No todos los pasaportes abren las mismas puertas.
Y no todas las fronteras funcionan de la misma manera para todas las personas.
La frontera puede ser un control policial, un visado, un procedimiento administrativo.
Pero también puede ser una entrevista de trabajo.
Un banco.
Un contrato de alquiler.
Un algoritmo.
Un acento.
Un apellido.
La frontera no tiene que ser visible para estar operativa.
La gobernanza de la movilidad
Aquí llegamos quizá al punto más interesante.
La movilidad no es simplemente una cuestión política.
Es una cuestión de gobernanza.
¿Quién puede moverse?
¿Quién debe ser seleccionado?
¿Quién debe ser controlado?
¿Quién es considerado un recurso?
¿Quién es considerado un riesgo?
En junio de 2026 entró en aplicación el nuevo Pacto Europeo sobre Migración y Asilo. El paquete refuerza los procedimientos de registro y control en las fronteras exteriores, modifica los procedimientos de asilo y retorno e introduce nuevos mecanismos para gestionar la presión migratoria. Pero, al mismo tiempo, la estrategia europea también insiste en la migración regular y en la movilidad laboral y del talento.
Las dos cosas no son contradictorias.
Forman parte del mismo sistema.
Controlar la movilidad y organizarla son dos funciones de una misma gobernanza.
Por un lado, se construyen procedimientos para identificar, registrar, seleccionar y, cuando está previsto, denegar la entrada o retornar.
Por otro, se crean instrumentos para atraer a las personas consideradas necesarias.
Es exactamente lo que ocurre con el nuevo EU Talent Pool, la plataforma europea destinada a facilitar la contratación de personas residentes fuera de la Unión para ocupaciones en las que existe escasez de trabajadores. El sistema pone en relación competencias, cualificaciones y experiencia profesional con las necesidades de los mercados laborales europeos. Está previsto que la plataforma esté plenamente operativa a finales de 2027.
Dicho de forma sencilla:
no todas las formas de movilidad se detienen.
Algunas se organizan.
Algunas se incentivan.
Algunas se filtran.
Algunas se obstaculizan.
Por tanto, la pregunta no es si Europa quiere o no quiere movilidad.
La pregunta es:
¿qué movilidad quiere?
La frontera comienza mucho antes del límite
Es fácil pensar en la frontera como el Mediterráneo, los Balcanes, Ceuta y Melilla, los centros de control, los muros, las vallas.
Son fronteras.
Pero no son las únicas.
La frontera comienza mucho antes.
Comienza cuando una persona tiene que demostrar que está suficientemente cualificada.
Cuando tiene que demostrar que dispone de suficiente dinero.
Cuando tiene que demostrar que tiene un motivo considerado válido para entrar.
Cuando un empleador decide que merece la pena afrontar un procedimiento para contratarla.
Cuando un país es considerado un lugar del que atraer competencias y otro un lugar desde el que controlar las llegadas.
Una misma persona puede ser, por tanto, trabajadora, extranjera, talento, migrante, profesional o irregular, dependiendo de la puerta ante la que se encuentre.
Y no es la persona la que cambia.
Cambia la categoría administrativa, económica o social a través de la cual es mirada.
Hay algo que las palabras no consiguen ocultar
Podemos seguir discutiendo indefinidamente sobre si expat es una palabra elegante, moderna, internacional.
También podemos decidir que nos gusta.
El problema no es prohibirla.
El problema es entender cuándo y por qué la utilizamos.
Porque si una palabra se utiliza principalmente para determinadas nacionalidades, determinadas clases sociales, determinados perfiles profesionales y determinadas formas de movilidad, entonces deja de ser solamente una palabra.
Se convierte en una posición.
Y esa posición puede ser privilegiada.
La socióloga Sarah Kunz ha invitado precisamente a no tratar expatriate como una categoría natural, sino como una categoría que debemos observar: una práctica social en la que intervienen la racialización, el género, la clase, la nacionalidad e incluso las herencias coloniales.
Quizá entonces la cuestión no sea establecer quién es realmente un expat.
Quizá sea entender quién tiene el privilegio de poder elegir el nombre con el que contar su propia partida.
Y quién, en cambio, se encuentra con ese nombre encima antes incluso de poder hablar.
La persona se fue. El nombre llegó después.
Al final, volvemos a aquella conversación.
¿Eres migrante?
No, soy expat.
Ah. ¿Y qué diferencia hay?
Quizá la respuesta no esté en la persona; está en el camino que tiene por delante.
En el pasaporte que lleva en el bolsillo.
En el trabajo que puede buscar.
En el visado que puede obtener.
En el país del que procede.
En la forma en que es mirada cuando llega.
Porque irse puede ser una elección.
Pero la posibilidad de elegir dónde, cómo y con qué nombre partir no está distribuida de la misma manera.
La movilidad se ha convertido en una de las grandes promesas de nuestro tiempo.
Moverse, conocer, trabajar en otro lugar, cambiar de país.
Pero detrás de esta promesa hay una jerarquía que merece la pena mirar sin apartar la vista.
No todos los viajes tienen el mismo valor.
No todas las partidas se cuentan de la misma manera.
No todas las personas que atraviesan una frontera reciben el mismo nombre.
Y quizá la extraña historia sea precisamente esta:
una persona se va.
Atraviesa una frontera.
Después, alguien le cambia el nombre.
Y es a partir de ese nombre cuando, a menudo, comienza una historia completamente diferente.