Beijing, hace 31 años - rete donne delle diaspore

Beijing, hace 31 años… ¿qué pasó? ¿Y qué queda?

Una reflexión sobre la representación, la voz y el derecho a ser reconocidas como sujetos con autoridad.

4 de septiembre de 1995. Beijing.

Hace treinta y un años se inauguraba la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas.

Durante dos semanas, representantes de gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, activistas y personas procedentes de todas partes del mundo se reunieron para debatir una cuestión que, todavía hoy, está lejos de resolverse: cómo construir condiciones reales de igualdad para las mujeres.

La Conferencia concluyó con la adopción de la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, suscrita por 189 gobiernos.

Paralelamente, en Huairou, miles de personas participaban en el Foro de organizaciones no gubernamentales: un espacio de diálogo, incidencia, formación, relaciones y construcción política que reunió a más de 30.000 participantes.

No fue solamente una conferencia.

Fue un momento en el que las instituciones y la sociedad civil se encontraron —no siempre sin tensiones— en torno a una plataforma política que identificaba doce ámbitos considerados cruciales: desde la pobreza hasta la educación, desde la salud hasta la violencia, desde el trabajo hasta la participación en la toma de decisiones, desde los derechos humanos hasta los medios de comunicación, desde el medio ambiente hasta la situación de las niñas.

Una gran agenda.

Una gran promesa.

Y una gran pregunta.

Pero dejémoslos ahí, por un momento.

Porque cuando hablamos de Beijing, existe el riesgo de contar solamente lo que se ha conseguido.

Enumerar los avances, recordar las conquistas, contar las reformas. Y está bien hacerlo.

Pero una declaración internacional no vive solamente en las palabras que contiene; vive también en las personas a las que esas palabras consiguen —o no consiguen— llegar.

Y entonces, treinta y un años después, quizá valga la pena cambiar ligeramente la pregunta.

No solamente:

¿cuánto ha cambiado?

Sino:

¿para quién?

Porque cuando decimos “las mujeres”, ¿de quién estamos hablando?

Es una pregunta menos sencilla de lo que parece.

La categoría “mujeres” no describe una única condición.

Hay mujeres que viven experiencias diferentes por su origen, clase social, edad, situación económica, discapacidad, trayectoria migratoria, pertenencia cultural, orientación, posición en el mundo laboral y acceso al poder.

Y estas diferencias no son simplemente detalles que se añaden al final de un discurso ya construido.

Cambian la manera en que ese discurso se construye; cambian las prioridades; cambian las preguntas; cambian incluso las palabras con las que contamos aquello que consideramos un problema.

Por eso la cuestión de la representación no es secundaria.

Es política.

Ser representada no significa necesariamente tener voz.

Una mujer puede estar presente en una fotografía, en un informe, en un proyecto, en una campaña.

Puede ser nombrada.

Puede ser narrada.

Incluso puede ser definida como “protagonista”.

Y, sin embargo, puede no ser ella quien decida qué se cuenta.

Esta diferencia importa.

Porque participar no significa solamente estar presente, sino poder contribuir a decidir qué se dice, cómo se dice y quién lo dice.

Y es aquí donde Beijing, en nuestra opinión, sigue siendo interesante.

No solamente como documento histórico, sino como una pregunta que sigue abierta.

Treinta años después, el balance no es una fotografía inmóvil. En 2025, con motivo de Beijing+30, las Naciones Unidas llevaron a cabo una revisión mundial basada en los informes de 159 Estados. El balance registra avances importantes, pero también una realidad que sigue estando profundamente marcada por la discriminación de género. De aquella revisión surgió una nueva Beijing+30 Action Agenda, articulada en torno a seis prioridades: transformación digital, lucha contra la pobreza, eliminación de la violencia, igualdad en el poder y en los procesos de toma de decisiones, paz y seguridad, y justicia climática.

En definitiva: se ha hecho mucho.

Pero no lo suficiente.

Y, sobre todo, no de la misma manera para todas.

Y es precisamente aquí donde la pregunta sobre la representación vuelve a llamar a la puerta.

¿Quién habla en nombre de las mujeres?

¿Quién establece cuáles son las prioridades?

¿Quién es invitada a participar?

¿Quién es escuchada?

¿A quién se reconoce como una voz con autoridad?

Y aún más: ¿quién puede hablar en primera persona sin que otra persona tenga que traducir, explicar o certificar su experiencia?

Son preguntas que nos interesan especialmente.

Porque una mujer con una trayectoria migratoria no es solamente una persona de la que ocuparse.

Puede ser una trabajadora. Una profesional, una mediadora, una investigadora, una activista, una ciudadana, una artista.

Y, sobre todo, puede hablar en primera persona.

No porque su experiencia sea automáticamente más verdadera que la de otras.

Sino porque ninguna representación puede ser completa si quien es representada no tiene también la posibilidad de tomar la palabra.

También desde aquí miramos Beijing.

La Rete Donne delle Diaspore no nace para hablar en nombre de todas las mujeres.

No es esa nuestra pretensión.

Nos interesa algo diferente.

Nos interesa observar cómo se construyen las representaciones.

Quién entra en las salas donde se toman las decisiones.

Quién permanece en el umbral.

Qué voces son consideradas competentes.

Cuáles son escuchadas solamente cuando sirven para contar una historia.

Y cuáles, en cambio, son reconocidas como capaces de producir pensamiento, propuestas y visión.

Por eso nos consideramos observadoras activas.

Observamos.

Participamos.

Interrogamos.

Tomamos la palabra.

No somos espectadoras de un debate que concierne a otras personas.

Estamos dentro de ese debate.

Y, cuando hace falta, también hacemos alguna pregunta incómoda.

Quizá este sea uno de los legados menos visibles de Beijing.

No solamente una plataforma de acción.

No solamente una serie de compromisos.

Sino la idea de que las transformaciones políticas no pueden construirse sin las personas a las que esas transformaciones deberían afectar.

Y de que la participación no puede reducirse a la presencia.

Porque una sala llena de mujeres no es necesariamente una sala en la que las mujeres tienen poder.

Una mesa redonda no es necesariamente un espacio de diálogo.

Una representación no es necesariamente una voz.

Y una voz no es necesariamente escuchada.

Treinta y un años después

Quizá la pregunta que Beijing nos deja no sea solamente:

¿cuánto ha cambiado el mundo para las mujeres?

Sino también:

¿cuánto ha cambiado la manera en que el mundo escucha a las mujeres?

Y aún más:

¿quién ha tenido el derecho de hablar en su nombre?

Estas preguntas no borran lo que Beijing ha producido.

Al contrario.

Nos ayudan a tomarnos en serio aquella promesa.

Porque una plataforma internacional puede señalar una dirección.

Pero son las personas, las organizaciones, los movimientos y las comunidades quienes siguen poniendo esa dirección a prueba.

Incluso treinta y un años después.

Incluso cuando el lenguaje institucional parece haberlo dicho ya todo.

Incluso cuando parece que ya no queda nada por añadir.

A veces, sin embargo, todavía queda una pregunta.

Y basta con eso.

Mientras tanto, nosotras seguimos observando.

Y hablando.

Porque no necesitamos moverlo todo.

A veces basta con poner una pequeña piedra en el lugar adecuado.

Para obligar a quien pasa a detenerse.

Y mirar mejor.

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