El agua es de todos, pero no todos tienen agua - rete donne diaspore

El agua es de todos, pero no todos tienen agua

Un vaso de agua.

Lo tomamos en la mano sin pensarlo.

Abrimos el grifo, llenamos el vaso, bebemos.

Es uno de los gestos más sencillos de nuestro día. Precisamente por eso es fácil olvidar que dentro de ese vaso hay un pedazo de mundo: un manantial, un acuífero, un río, una montaña. Hay tuberías, infraestructuras, energía. Y hay decisiones.

Porque el agua llega a nuestro vaso también gracias a una larga cadena de posibilidades. Y no todos tienen las mismas posibilidades.

El agua es de todos, pero no todos tienen agua.

Una flor

Pensemos en una flor.

Una de esas flores perfectas que vemos en las tiendas, llegadas desde lejos.

La miramos y vemos una flor.

No vemos el agua.

En distintas regiones del mundo, grandes cultivos destinados a los mercados internacionales crecen en territorios donde el agua es un recurso frágil.

Sin embargo, cuando llega la sequía, no todos tienen las mismas posibilidades de afrontarla.

El agua de los ríos puede desviarse.

Los acuíferos pueden ser explotados.

Los cultivos pueden seguir creciendo.

Y mientras tanto, para algunas personas, esa misma agua se vuelve más difícil de encontrar.

No hace falta establecer quién tiene razón y quién está equivocado.

Basta con mirar las dos imágenes.

Por un lado, una flor que parte.

Por el otro, un territorio que tiene cada vez menos agua.

La flor viaja, la sed permanece.

La flor viaja, la sed permanece. - rete donne delle diaspore

La flor atraviesa un continente; la sed, quizá, no.

Y quizá esta sea la parte que no vemos cuando tenemos una flor delante: no solamente cuánta agua hay en su historia, sino hasta qué punto esa historia depende del territorio que la hizo crecer.

Una pequeña imagen de cómo un recurso natural puede entrar en una cadena global sin que veamos su recorrido.

Un oasis en el desierto

Ahora miremos un oasis.

Pero no todos los oasis nacen de la misma manera.

Están aquellos que preservan un equilibrio frágil, construido a lo largo del tiempo entre tierra, agua y comunidades.

Y luego están los oasis contemporáneos.

Algunas de las grandes ciudades construidas en el desierto han hecho aparecer jardines, césped, piscinas, lagos artificiales y fuentes.

El agua se convierte en paisaje, arquitectura, espectáculo.

Es una forma particular de abundancia: el agua en el desierto no solamente como necesidad, sino como posibilidad.

Es una imagen que invita a reflexionar.

Porque en un mismo gran espacio geográfico hay personas para quienes el agua sigue siendo una distancia que recorrer, un recurso que racionar, una presencia incierta.

Y entonces esa fuente cuenta algo.

No necesariamente cuánto desperdiciamos.

Cuenta cuánto podemos permitirnos.

Quizá sea precisamente aquí donde el agua se vuelve política: no solamente cuando escasea, sino también cuando puede convertirse en espectáculo.

Cuando el agua ya no alcanza

Durante mucho tiempo pensamos en la crisis del agua como algo que sucedería en el futuro.

Un problema de las próximas generaciones.

Pero algo ya ha cambiado.

En 2026, la Universidad de las Naciones Unidas habló de “bancarrota hídrica”: sistemas de agua dulce utilizados más allá de su capacidad de regeneración, con acuíferos que se agotan, ecosistemas que se degradan y reservas naturales sometidas a presiones cada vez mayores.

La palabra es fuerte.

Bancarrota.

Como si también el agua pudiera llegar a un punto en el que las cuentas ya no cuadran.

Y, mientras tanto, la cuenta la pagan personas muy diferentes entre sí.

Hoy, alrededor de 2,1 mil millones de personas todavía no disponen de agua potable gestionada de forma segura.

No es solamente una cuestión de futuro.

Es una cuestión de presente.

¿Y el agua que no llega?

Volvamos a casa y abramos un grifo. Porque también aquí, donde hay agua, algo no cuadra.

En Italia, en 2022, se perdió el 42,4% del agua introducida en las redes municipales de distribución.

Agua ya captada.

Agua ya tratada.

Agua que ya había entrado en la red.

Agua que no llegó al vaso.

Son aproximadamente 3,4 mil millones de metros cúbicos.

Según ISTAT, el agua perdida en las redes municipales habría podido satisfacer durante un año entero las necesidades hídricas de aproximadamente 43,4 millones de personas.

Entonces la pregunta cambia.

Cuando decimos que falta agua, ¿cuánta agua falta realmente?

¿Y cuánta, en cambio, perdemos por el camino?

El agua que no vemos

Y luego está toda el agua que no vemos.

La que entra en el trigo.

En los tomates.

En las flores.

En la ganadería.

En los productos que atraviesan el mundo.

La agricultura es el principal usuario de agua dulce a nivel mundial: alrededor del 70% de las extracciones se destina a este sector.

Por eso hablar de agua significa hablar también de lo que producimos, de dónde lo producimos y de cómo lo producimos.

Significa hablar de comercio.

De energía.

De consumo.

De territorios.

Y significa recordar que el precio de un producto no cuenta necesariamente todo lo que ha costado producirlo.

Sobre todo cuando entre esos costes hay uno que no vemos.

El agua.

Berta

A estas alturas podemos mirar un río con otros ojos.

Y podemos encontrarnos con Berta Cáceres.

Su historia está vinculada al río Gualcarque y a la defensa del territorio de la comunidad Lenca en Honduras.

Para Berta, aquel río no era simplemente un recurso.

Era territorio.

Era vida.

Era comunidad.

Era una forma de habitar el mundo.

Su voz nos recuerda que detrás de palabras como desarrollo, energía, infraestructura y recurso siempre hay territorios y personas.

Y que un río puede ser muchas cosas.

Puede producir energía.

Puede regar un campo.

Puede abastecer una ciudad.

Puede convertirse en parte de un proyecto económico.

Pero también puede ser un lugar que defender.

Abrid los ojos

Vanessa Nakate nos trae otra imagen.

Abrid los ojos.

Mirar la crisis climática significa también mirar dónde recae su peso.

No solamente la temperatura.

Sino el agua.

La tierra.

Los alimentos.

La posibilidad de quedarse.

La posibilidad de vivir en un territorio sin tener que abandonarlo.

La crisis climática no presenta la misma factura a todo el mundo.

Para algunas personas es una previsión.

Para otras, ya es la vida cotidiana.

Y el cambio climático vuelve aún más inestable un recurso del que depende todo.

El agua.

Una cuestión de tiempo

Cuando el agua no llega a casa, alguien tiene que ir a buscarla.

En muchas partes del mundo son principalmente las mujeres y las niñas quienes se encargan de recogerla.

No es solamente una cuestión de agua.

Es una cuestión de tiempo.

Horas de camino.

Esperas.

Peso.

Tiempo restado a la escuela, al trabajo, al descanso.

Por eso el agua no es solamente un recurso natural.

También es un recurso de tiempo.

Y el tiempo, como el agua, tampoco se distribuye de la misma manera.

El voto

En Italia, hace quince años, votamos.

Fue el referéndum de 2011.

Se alcanzó el quórum y, en las dos preguntas relativas a la gestión de los servicios públicos locales y a la tarifa del servicio de agua, el Sí superó el 95% de los votos válidos.

Aquel voto decía algo.

Decía que, para una parte muy amplia del país, el agua no podía considerarse una mercancía cualquiera.

Un bien común.

Una responsabilidad colectiva.

Un derecho.

De hecho, el derecho al agua potable y al saneamiento ya había sido reconocido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2010 como un derecho humano esencial para la vida y para el pleno ejercicio de los demás derechos.

Han pasado quince años, el clima ha cambiado, las presiones sobre los recursos hídricos han aumentado y seguimos debatiendo sobre infraestructuras, gestión, inversiones, agricultura y consumo.

Quizá aquella pregunta siga ahí:

¿quién decide sobre el agua?

Volvamos al vaso

vaso de agua - rete donne diaspore

El vaso sigue sobre la mesa.

Solo que ahora ya no parece tan sencillo.

Dentro de ese vaso hay una montaña.

Hay un acuífero.

Hay un río.

Hay un campo.

Hay una red.

Hay energía.

Hay una cadena de suministro.

Hay una decisión.

Y quizá también haya una parte del mundo que no vemos.

Por eso hablar de agua no significa solamente preguntarnos cuánta consumimos.

Significa también preguntarnos quién puede acceder a ella, quién la gobierna, quién decide cómo utilizarla y qué territorios soportan el coste de nuestras decisiones.

Porque el agua es de todos.

Pero no todos tienen agua.

Y el coste de un vaso de agua

no se mide solamente en dinero.

Bottone CTA Off-Canvas - ES

Seleccione su idioma